{"id":35894,"date":"2024-10-25T09:49:54","date_gmt":"2024-10-25T13:49:54","guid":{"rendered":"http:\/\/elradar.info\/?p=35894"},"modified":"2024-10-25T09:49:57","modified_gmt":"2024-10-25T13:49:57","slug":"no-me-abandonen","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elradar.info\/?p=35894","title":{"rendered":"&#8220;NO ME ABANDONEN&#8221;"},"content":{"rendered":"\n<p>Por Gabriel Rodriguez O.<\/p>\n\n\n\n<p>En la fr\u00eda ma\u00f1ana del 30 de enero de 1945, la voz de Adolf Hitler reson\u00f3 por \u00faltima vez a trav\u00e9s de las radios de un Reich que ya comenzaba a desmoronarse. La transmisi\u00f3n, envuelta en una atm\u00f3sfera de inevitabilidad, fue breve pero cargada de promesas vac\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hablaba de resistencia, de una victoria que a\u00fan pod\u00eda alcanzarse pese a que la guerra, como un r\u00edo desbordado, arrastraba a su paso la grandeza que alguna vez hab\u00eda prometido a su pueblo. En sus palabras se escuchaba el eco de la desesperaci\u00f3n de un hombre que sab\u00eda que el final estaba cerca, y, en un giro inesperado, implor\u00f3: &#8220;Pueblo, no me abandonen&#8221;.<\/p>\n\n\n\n<p>Era una s\u00faplica que ya no encontraba o\u00eddos receptivos en las ciudades devastadas ni en los corazones endurecidos por el sufrimiento de a\u00f1os de guerra.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras las fuerzas rusas avanzaban implacables hacia Berl\u00edn, las palabras de Hitler se fueron diluyendo como un eco lejano que ya no ten\u00eda fuerza. Las promesas de victoria se desmoronaban junto con los muros del Reichstag y las calles de Berl\u00edn, donde las ruinas se apilaban como testigos de una tragedia inevitable.<\/p>\n\n\n\n<p>La frase, que en otro tiempo habr\u00eda levantado a multitudes, ahora solo evocaba silencio. El pueblo, agotado por el hambre y la muerte, hab\u00eda dejado de creer en las quimeras que Hitler les hab\u00eda vendido durante m\u00e1s de una d\u00e9cada.<\/p>\n\n\n\n<p>La sombra de la derrota cubr\u00eda la ciudad, y el F\u00fchrer, que alguna vez hab\u00eda encarnado la esperanza de una naci\u00f3n, ahora era un espectro entre las ruinas, cada vez m\u00e1s aislado en su b\u00fanker subterr\u00e1neo.<\/p>\n\n\n\n<p>Con la llegada de las tropas rusas a las puertas de Berl\u00edn, la s\u00faplica de &#8220;no me abandonen&#8221; se convirti\u00f3 en el \u00faltimo suspiro de una era que se desvanec\u00eda. Hitler, el hombre que hab\u00eda arrastrado a millones a la guerra, se vio acorralado por el destino que \u00e9l mismo hab\u00eda forjado.<\/p>\n\n\n\n<p>En las \u00faltimas semanas, mientras las bombas ca\u00edan como presagios, supo que ya no hab\u00eda marcha atr\u00e1s. Finalmente, cuando Berl\u00edn cay\u00f3 el 2 de mayo de 1945, Hitler ya no estaba para ver el final. Sucumbi\u00f3 en su b\u00fanker, llev\u00e1ndose consigo la ilusi\u00f3n de un imperio eterno, dejando a su paso solo cenizas, ruinas y la resonancia de una frase que, al final, hab\u00eda sido ignorada por el mismo pueblo que una vez lo hab\u00eda seguido ciegamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, Evo Morales, el expresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, parece evocar los mismos sentimientos que Hitler expres\u00f3 en ese \u00faltimo discurso antes de caer en el silencio definitivo y en la derrota. &#8220;No me abandonen&#8221;, suplica, pero la frase que alguna vez pudo haber tra\u00eddo consigo la esperanza de la victoria se ha convertido en un eco sordo, una cr\u00f3nica de una muerte anunciada.<\/p>\n\n\n\n<p>El pueblo que antes lo aclamaba, el que lo ve\u00eda como el art\u00edfice de un futuro mejor, ahora lo observa desde la distancia, con una mezcla de desencanto y resignaci\u00f3n. La s\u00faplica que deb\u00eda despertar lealtades solo remueve el polvo de un pasado que ya no puede regresar.<\/p>\n\n\n\n<p>Como Berl\u00edn en 1945, el c\u00edrculo de poder que alguna vez protegi\u00f3 al l\u00edder cocalero se va estrechando, lentamente, pero con la firmeza implacable de lo inevitable. Las paredes de su antigua fortaleza, construidas sobre a\u00f1os de lucha y promesas incumplidas, comienzan a derrumbarse mientras su figura se vuelve un vestigio del poder que fue.<\/p>\n\n\n\n<p>El mundo a su alrededor se cierra con la misma indiferencia que la historia guarda para los ca\u00eddos que ya no pueden retomar el curso. Morales, como Hitler, parece confundir la insistencia con la esperanza, y la desesperaci\u00f3n, con la fe en una causa perdida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, cuando la locura comienza a sobresalir m\u00e1s que la raz\u00f3n, el tiempo se encarga de demostrar lo que las multitudes ya intuyen: el final est\u00e1 cerca. La derrota no llega de golpe, sino que se va filtrando lentamente, como una grieta en el coraz\u00f3n del poder.<\/p>\n\n\n\n<p>El c\u00edrculo de defensa se achica cada d\u00eda, y las maniobras que antes lo sosten\u00edan se desmoronan una tras otra, dejando solo el vac\u00edo y la inevitable ca\u00edda de quien alguna vez crey\u00f3 ser invencible.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Gabriel Rodriguez O. En la fr\u00eda ma\u00f1ana del 30 de enero de 1945, la voz de Adolf Hitler reson\u00f3 por \u00faltima vez a trav\u00e9s de las radios de un Reich que ya comenzaba a desmoronarse. La transmisi\u00f3n, envuelta en una atm\u00f3sfera de inevitabilidad, fue breve pero cargada de promesas vac\u00edas. Hablaba de resistencia, de una victoria que a\u00fan pod\u00eda alcanzarse pese a que la guerra, como un r\u00edo desbordado, arrastraba a su paso la grandeza que alguna vez hab\u00eda prometido a su pueblo. 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